¿Ya no aguantamos el dolor?

Por adminwp2016

octubre 9, 2017 Noticias Sin Comentarios

El consumo de opiáceos se ha disparado en España en un 83,59% entre el 2008 y el 2015, un dato que puede revelar que la ciencia médica ha progresado, pero también puede significar que tenemos menos tolerancia al dolor.
“Sólo existe un dolor fácil de soportar, y es el de los demás”, dijo el cirujano francés René Leriche (1879-1955). Bien lo saben aquellas pacientes (eran y son sobre todo mujeres) que, hace unos años, empezaron a quejarse de que les dolía el cuerpo. Y decían que les dolía desde hacía meses, años, casi desde siempre, porque el dolor les había partido en dos la existencia y no recordaban que antes había una vida sin sufrimiento. Iban de médico en médico, de prueba en prueba, y nada. Entonces, como no había palabras para lo suyo, eran unas quejicas, unas aprovechadas, unas histéricas. Tuvieron que pasarse a la lucha política, organizarse, reivindicar que, aunque no hubiera una radiografía anómala, ellas estaban mal. Que sí que les dolía el cuerpo, que no podían más y que se merecían los mismos derechos que las personas que se rompen un brazo o se quedan en silla de ruedas o sufren un cáncer. Que su dolor significaba algo. Hoy día ya tienen la palabra: fibromialgia.

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Y un lugar más digno en la sociedad. Como escribió Charles E. Rosenberg, historiador de la medicina, en 1989, “una enfermedad no existe como un fenómeno social hasta que estamos de acuerdo en que realmente existe”.
Algo parecido ha ocurrido con el dolor crónico. No fue hasta el año 2011 cuando la Organización Mundial de la Salud (OMS) catalogó el dolor crónico como una enfermedad. Pero antes, claro, ya había personas que sufrían esta joven patología. El dolor crónico es uno de los síntomas centrales de la fibromialgia, pero se extiende a otras personas. La definición médica es un tanto aséptica. “Dolor crónico es aquel dolor que se mantiene durante tres meses o más y no responde al tratamiento médico habitual”. Leído así parece que no duela. Pero imagine un dolor de cabeza o de muelas o de espalda que dure meses o años. Que mejore a ratos, que le aguijonee con rabia muchas veces, que cuando aparece no le deja pensar en otra cosa. Y que no parece tener fin.
El dolor crónico se diferencia del agudo en que este último es la respuesta a un estímulo nocivo, como una fractura o una quemadura. El agudo tiene una razón clara de ser. Nos hacemos daño, nos duele. Es fácil entenderlo. El dolor crónico a veces tiene una causa física evidente, como el dolor lumbar provocado por una compresión del nervio ciático. También puede ser un dolor neuropático, producido por daño en el sistema nervioso, y que es muy difícil de reducir con ninguna de las muchas pastillas que existen para el dolor. O puede estar causado por un cáncer, la diabetes, el herpes zóster… Pero, en muchas ocasiones, no tiene causa orgánica aparente. O la causa física (la fractura, la luxación, la lesión que se produjo en su momento) ya ha desaparecido, pero el dolor se ha quedado. Los pacientes se hacen mil pruebas, piden terceras y cuartas opiniones, y la medicina no les da una respuesta más clara. Posibles causas, o ninguna aparente, que llevan al mismo infierno: vivir, o sobrevivir, con dolor. En el dolor crónico sin causa orgánica, “se ha producido un fallo en el cerebro”, explica Jordi Montero, neurólogo, profesor de la Universitat de Barcelona y autor del libro Permiso para quejarse (Ariel). Cuando ya no hay “entrada de nocicepción, es decir, de un estímulo doloroso, pero el dolor se cronifica, se debe a que se ha creado toda una serie de redes neuronales que significan dolor. El sistema nervioso ha aprendido mal. Y ese error queda fijado”, añade. Es lo que se conoce como memoria del dolor. Un dolor que tuvo una justificación clara en su momento, pero que ahora se repite como una absurda y trágica condena.
La Sociedad Española del Dolor estima que la prisión del dolor crónico, con causa conocida o no, mantiene atrapadas a alrededor de ocho millones de personas. Y según la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (Aemps), el consumo de opiáceos se ha incrementado en un 83,59% entre el 2008 y el 2015. ¿Es normal, es alarmante?, ¿ya no soportamos el dolor y tiramos con demasiada facilidad del botiquín? María Rull, médico y patrona de la Fundación Española del Dolor, considera que “cada vez se atiende mejor el dolor de los pacientes, y, cuando este dolor es importante, es necesario prescribir opiáceos. A mí no me parece excesivo este aumento, creo que antes había una infraprescripción”.
Aunque fármacos como los opiáceos, los analgésicos no opiáceos o los antiinflamatorios pueden causar enfermedad hepática, dependencia, problemas renales… El equilibrio riesgo-beneficio puede valer la pena, claro, cuando las pastillas te sacan del sufrimiento sin pagar un excesivo peaje. El mejor invento del mundo es ese analgésico que te libera de un dolor de cabeza insoportable. Pero ¿este incremento exponencial del consumo de analgésicos ha ido a la par de un mucho mejor control del dolor y un bienestar mucho mayor de los pacientes? Montero cree que no. “La sociedad sabe que el dolor agudo se pasa con pastillas, y, entonces, cree que puede aplicar la misma solución al dolor crónico, pero no es así”, señala. ¿Hacen falta más armas que las pastillas para combatir el dolor crónico?
A pesar de que este dolor ya tiene el estatus de enfermedad, hay expertos que consideran que queda mucho camino por recorrer para mejorar su tratamiento. Montero se muestra convencido de que si los médicos tuvieran más tiempo para atender a sus pacientes, sí que mejoraría el tratamiento del dolor crónico. “El sistema medicaliza el dolor porque, al recetar fármacos, se genera sensación de atención. Los médicos de atención primaria no tienen tiempo. Y, en el campo del dolor, necesitamos médicos que puedan atender a sus pacientes, dedicarles tiempo, hablar con ellos, escucharles”. Para que estos les puedan explicar su historia, para que, con sus palabras, puedan comunicar lo que es casi incomunicable: cómo el sufrimiento que no parece tener fin está erosionando su estado de ánimo, sus relaciones personales, sus sueños. Otro dato: se estima que la mitad de las visitas a los médicos de familia son debidas al dolor.
Montero alerta de que hay un factor clave que no se tiene suficientemente en cuenta para combatir el dolor crónico: las emociones de los pacientes. Un factor fundamental en cualquier dolor cronificado, pero sobre todo en el que no parece tener causa física. Habría que recetar más palabras que pastillas, señala. “Explicar a los pacientes qué les pasa, explicarles neurología o qué es la memoria del dolor, y sobre todo escucharles y comprender sus emociones –defiende este neurólogo–. Al reducir su ansiedad, muchas veces los pacientes te dicen que aún tienen dolor, pero que no les importa tanto. Pero, para eso, los médicos necesitan un tiempo que no tienen, y eso ya es política”.
En algunas unidades del dolor, donde se tratan dolores complejos como el crónico, trabajan psicólogos. Es el caso de Antoni Castel, psicólogo de la unidad del dolor del hospital Universitari Joan XXII de Tarragona. “El dolor tiene un componente de sensaciones y otro de emociones. Cuando se cronifica, las personas dejan de hacer muchas de las actividades que llevaban a cabo, cogen bajas y tienen problemas económicos, disfrutan menos de la vida…”, comenta. Por eso, los psicólogos trabajan con la manera en que los pacientes afrontan ese dolor. “Ante los mismos síntomas, dos personas pueden tener reacciones diferentes. Una persona será mas sosegada, y otra, más catastrofista”. Y pensará que se va arruinar porque no podrá trabajar o que su vida va a ser miserable debido al sufrimiento. “Muchas veces son pensamientos exagerados –apunta Castel–. Desde el enfoque cognitivo conductual, los psicólogos trabajamos esos pensamientos catastrofistas para que el paciente tenga una reacción más realista”. ¿Y así el dolor duele un poco menos? Castel y Montero consideran que las emociones modulan el dolor. “Las emociones negativas lo empeoran”, coinciden. Y Castel enfatiza que “hay que romper con la idea preponderante de que el único tratamiento posible para el dolor crónico son las pastillas. El efecto del fármaco depende de las expectativas del paciente. Con un buen tratamiento multidisciplinar, con un buen afrontamiento cognitivo y emocional, es posible aumentar la eficacia del tratamiento médico o que el paciente necesite menos medicación”. En España existen 184 unidades del dolor en la sanidad pública, según la Sociedad Española del Dolor. A falta de datos oficiales, se estima que sólo la mitad cuenta con psicólogos.
Ocurre con fenómenos que parecen tan puramente físicos o biológicos, tan naturales, como el dolor, que se diría que están al margen de culturas, modas o regímenes políticos. Hoy día creemos que hay que reducir el dolor tanto como sea posible y que benditos sean los analgésicos que nos hacen la vida más indolora. Pero la manera en que los seres humanos hemos vivido el dolor ha variado de forma sustancial a lo largo de la historia. La Biblia dice: “Con dolor parirás hijos”. ¿Es entonces la epidural un sacrilegio? En su libro Las crónicas del dolor (Anagrama), la periodista estadounidense Melanie Thernstrom, paciente de dolor crónico, señala que, cuando en el siglo XIX se empezó a utilizar la anestesia quirúrgica por inhalación de éter, el presidente de la Asociación Dental Americana declaró que estaba “en contra de esos agentes satánicos que impiden al hombre sobrellevar lo que quiso Dios que sobrellevara”.
Como explica Javier Moscoso, profesor de Historia y Filosofía de la Ciencia en el Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y autor del libro Historia cultural del dolor (Taurus), “en la época medieval, el dolor era algo que formaba a las personas o que se empleaba para demostrar la fe”. En la sociedad occidental, el 77% de las personas con cáncer toma fármacos para el dolor, un porcentaje que baja al 4% en China. ¿Esta diferencia tan importante se explica sólo por el mejor acceso a la sanidad en los países occidentales o es que toleran más el dolor en China o está mal visto quejarse? ¿Qué hacían los trabajadores del campo de la edad media o los obreros de las fábricas de la revolución industrial cuando se destrozaban la espalda? Seguramente, seguir trabajando, quejarse más bien poco, como si no estuvieran más que viviendo su inevitable destino, sin días de baja a los que recurrir. “El dolor está muy relacionado con la valoración cultural –explica Moscoso–. Igual que se aprende a hablar, también se aprende a valorar experiencias como el dolor”. Y las personas que han sufrido o sufren dolor crónico han tenido y tienen que “luchar por su credibilidad como enfermos –añade Moscoso–. Así que el dolor clínico no es solamente un problema médico, sino también político”.
El sociólogo y antropólogo francés David Le Breton, autor del libro Antropología del dolor (Seix Barral), está convencido de que “el progreso en el campo de los fármacos contra el dolor ha transformado la experiencia humana de este”. Como ahora hay fármacos muy eficaces, “creemos que ya no tiene sentido sufrir”. Desde hace miles de años, el ser humano ha rebuscado en la naturaleza remedios contra el dolor. En el opio, en el alcohol, en la hoja de coca… Pero los fármacos actuales, aunque estén  lejos de ser eficaces para todo los dolores, ayudan a muchas personas a eliminarlos o reducirlos. “Como disponemos de pastillas, las viejas defensas culturales contra el dolor se han desmoronado y lo toleramos menos”, añade.
El dolor es más que una experiencia física. O, mejor dicho, una experiencia física no es un fenómeno aislado de las emociones o del tiempo en que vivimos. “Si un niño de tres años se da un golpe en la cabeza jugando, quizás se echará a reír –explica Montero–. Pero si un adulto le da una bofetada con la misma intensidad y le riñe, seguramente se echará a llorar”. El dolor tiene un significado. “Y marca la vida de una persona en función de sus condiciones sociales”, añade Le Breton.
Pastillas, por tanto, pero también palabras, emociones y política en el combate contra el dolor crónico. Si un paciente dispone de los mejores fármacos para tratar su dolor, si dispone de tiempo con su médico para explicarle cómo el sufrimiento ha transformado su vida, si puede compartir su tristeza y su ansiedad y aprender estrategias para modularlas, si la sociedad comprende que no es un quejica, si tiene derecho a una baja… El campo de batalla se amplía. Como señala Javier Moscoso, desde una “aproximación de medicina narrativa, los pacientes pueden ver mejorada su calidad de vida si se les escucha y acompaña”. Quizás a las personas que sufren fibromialgia no les duele menos el cuerpo, “pero han podido construir un relato con significado personal y cultural sobre su enfermedad –añade Moscoso–. Sus condiciones sociales han cambiado, ya pueden coger una baja, y quedarse en casa y descansar, y así su experiencia subjetiva cambia, y su bienestar es mayor”.
Fuente: http://www.magazinedigital.com/historias/reportajes/ya-no-aguantamos-dolor

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